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Ni Libertadores ni América

La paradoja vale una humillación y más de 500 años de historia colonial.

La final de la Copa Libertadores de América terminó disputándose en la capital del antiguo imperio colonial, Madrid. Un imperio por lo demás restablecido por sus bancos, sus multinacionales, sus empresas y sus agentes financieros quienes, una vez más, restauraron la dominación colonial de América. Ni Libertadores, ni América. Sólo un Estado chapucero e incompetente, fuerzas del orden corruptas, jueces comprados, dirigentes de clubes primos hermanos de Al Capone, un organismo como la Comebol que ha sido y es un antro de la putrefacción apadrinado por una de las mayores empresas corruptas de la historia mundial: la FIFA. No ha sido una final sino el final. Todos juntos le robaron al país parte de lo que éramos. Las barras bravas no son más que una triste excusa para tapar la cloaca en cuyo fondo están los actores deportivos institucionales y los responsables del Estado. Siempre hace falta un culpable para organizar un relato. Las barras bravas cumplen esa función pública. Son, en el fondo, víctimas del dramaturgo que las utiliza para hacer fructífera su historia y haya un culpable-condenado que pague por todo. En Europa también ocurren montajes similares. Los cataríes propietarios del club Paris Saint Germain (PSG) utilizaron a los hinchas radicales para molestar al Real Madrid, cuando el equipo español vino a la capital francesa (Marzo 2018) a disputar una de las fases eliminatorias de la Champions League. A la una de la madrugada, 100 hinchas radicales del PSG irrumpieron en los alrededores del hotel donde se alojaba el Madrid con petardos, fuegos artificiales, bengalas, bombos, música y platillos para amedrentarlos. Los mandaron ahí para hacer el mismo trabajo que los barras bravas ejecutaron con el micro donde viajaba Boca. Nada nuevo. La única diferencia es que en Francia hay un Estado y una policía al servicio de sus ciudadanos, y en la Argentina sólo hay ciudadanos.

No puede haber alegría en esta final hurtada, en esta cobarde mudanza a la capital colonial. Boca y River le pertenecen pura y exclusivamente a la gente y a la historia nacional. Es la Argentina en su quinta esencia. Es, a la vez, el relato mágico y perturbador de los condimentos nacionales. La Copa Libertadores de América es de América. La Conmebol, la FIFA y quienes aceptaron este engaño le robaron a toda América. No debe haber prueba más alucinante de la inmadurez política de nuestros dirigentes, y de la alienación de un sistema corroído como este simulacro desolador. Da profunda tristeza. Ni los hinchas, ni los jugadores tienen la culpa. Las inoperancias combinadas condujeron al sometimiento colonial de lo que está más candente en el alma popular. No vale decir que la globalización, la interconexión, la seguridad y todas esas patrañas explican la organización de una Final de América en los territorios occidentales de un empresario globalizado como es Florentino Pérez. La culpa de los protagonistas es tan intensa como nuestra inocencia. Me invade una profunda melancolía por lo perdido, y no se trata el partido. Se diluyó un espacio donde cualquiera se podía proyectar y reivindicar su diferencia: libre, emancipado, propietario y monarca absoluto de ese territorio, incluidas las demencias que allí se perpetúan. Boca y River son una elaboración nacional y la Copa América un montaje financiero-deportivo continental. La incompetencia perversa le regaló a Occidente una parte subjetiva e intangible de lo que nos pertenece. Conozco un par de franceses (uno de ellos es de sangre azul) con mucho dinero cuyo método extremo para liberarse de todo lo que los oprime durante el año consiste en ir a la Argentina a ver un partido de Boca y River. Se disfrazan de hinchas locales, se meten en la tribuna popular y saltan y bailan con el torso desnudo agitando sus camisetas durante horas. El príncipe y el ejecutivo se liberan así del peso, de las exigencias y del rigor estricto que rigen las relaciones y el trabajo en Occidente. Allá, en ese tumulto extraño de emoción, violencia y patos, reencuentran la resonancia original de sus vidas. Regresan a Paris renovados después de ese ejercicio liberador. Ha sido un desengaño tétrico. A su manera escabrosa y determinante, nuestros dirigentes políticos y deportivos nos han traicionado. Abdicaron ante su propia incompetencia y fueron a negociar plata y auxilio a la antigua capital colonial. El Partido lo jugaron Boca y River, pero lo perdió la Argentina y, con ella, América. El colonialismo occidental pasó un siglo expoliando a nuestros pueblos. Hoy, la historia ha cambiado. Se le ha entregado en bandeja a los expoliadores lo que quedaba de infancia y adolescencia entre tanta basura y oscuridad.

Por Eduardo Febbro

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